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El Nuevo “Under”: De la resistencia cultural a la explotación musical

Viernes, Octubre 3rd, 2008

Por Guillermo Zanetto

Resulta indudable que el oeste del conurbano bonaerense es, desde hace más de 30 años, la tierra que vio crecer y dar los primeros pasos a muchos de los artistas más importantes de la escena nacional. Y no se trata solo de los que llenan un Luna Park o llegan al disco de oro, sino de los que hicieron grande nuestro rock como el medio de expresión que canalizó las ideas, mensajes y sentimientos de varias generaciones.

Pero antes de la consagración absoluta o el olvido más injusto, muchos de estos artistas desfilaron por el “circuito Under” , un puñado de lugares que invitaban a que lleven su mensaje a fuerza de talento, ginebra y ganas de expresarse frente al clima de opresión de la dictadura o el miedo que resistía aún en los primeros años de la democracia.

Hoy ese mismo circuito creció en oferta de lugares pero fue monopolizado por personas movilizadas más por un negocio redituable que por un interés cultural y las muchas bandas que existen son virtualmente explotadas. Lo peor es que es percibido como algo natural, aunque nada tenga que ver ya con las ideas y convicciones de los orígenes del movimiento.

El filtro es la plata
Apenas empieza la noche en Ramos Mejía y la llovizna decora la desteñida imagen que ofrece la avenida Gaona. Adentro de uno de los bares, Griz Matís domina el escenario. Hace un año que la banda adquirió la conformación actual, y ya tienen algunos temas grabados, aunque su desafío es estrenar canciones en cada presentación.

“La idea es mostrar nuestro material, pero se hace complicado si tenemos que hacernos cargo de pagar el alquiler del lugar, el flete para los equipos, al personal y el sonido”, adelanta Darío Letelle, cantante del grupo. Como el resto de los integrantes, trabaja durante la semana y los “findes” los dedica a la pasión por la música.

A pesar de llevar una inusitada cantidad de público para el horario –con sus respectivas consumiciones- el arreglo con los bares establece solo por tocar el pago de sumas que varían desde los 200 a los 800 pesos, a lo que a veces se le agregan gastos de equipos, traslado y técnica. Muy pocas veces esta inversión se recupera con la venta de entradas.

“Hoy la lógica es pagar un alquiler previo para tener el derecho de tocar, lo que gane el local, es de ellos”, agrega Pablo Costadone (Batería), quién acusa, como el resto, preparación musical de conservatorio. Esta realidad muchas veces choca con las posibilidades reales de las diferentes bandas, y el talento, la sensibilidad y la constancia resultan ser secundarios.

“El problema es que al haber tantas bandas, hoy el filtro es la plata y no la calidad, si tenés el billete tocas donde querés”, agrega Darío y cuenta como llegan los ofrecimientos para ser telonero de bandas mas convocantes que visitan el oeste, como Attaque 77 o Cielo Razzo, previo pago de sumas cercanas a los tres mil pesos.

Estos números que se manejan están lejos de las posibilidades de jóvenes que se conforman cuando logran “bancar” los costos y no perder plata, aunque sin perder el sueño de vivir de la música. “Es un trabajo no pago, con mucho tiempo, sacrificio e inversión”, define Leandro “Chirola” Morosini (guitarra).

Un trabajo cuya remuneración se pierde en otras manos.

Cuerdas, gargantas y cheques
Las dificultades económicas de las bandas para manejarse bajo la lógica de este nuevo “circuito Under” se reproduce de manera similar por todo el conurbano. En Morón, Kay no Pai busca consolidarse hace dos años. Ya es parte de la Unión de Músicos Independientes y de “Unired”, un grupo de trabajo para conseguir fechas y lugares para tocar gratis o a bajo precio.

“El abuso que hay de las bandas es increíble, para tocar te cobran 50 por ciento de seña y ahora se puso de moda que no te dan ni entradas para los costos”, asegura Diego Ciccaroni, Cantante del grupo. Y recuerda: “hace una semana que me ofrecieron una fecha con Cadena Perpetua en ramos por 800 pesos y me daban apenas 15 entradas”.

Ante la gran cantidad de bandas y los costos exagerados, una de las modalidades más comunes es que en una misma fecha toquen varios grupos, sólo un par de temas, para poder dividir los gastos aunque generalmente termine con inconvenientes en cuanto al tiempo y la calidad del sonido.

Al igual que sus colegas de Ramos, Diego no desconoce la vertiente económica imperante. “Para acceder a una radio o a cualquier medio, hay que poner guita, no importa si llevas o no gente, si tocas bien o mal. La banda que tiene mas plata tiene mas oportunidades”, sentencia.

La visión un tanto pesimista parece estar avalada por los números. Para obtener el disco demo de cuatro temas, del que se hicieron 500 copias en sobre de cartón, tuvieron que desembolsar 4000 pesos. “Para los que trabajamos y estudiamos, se complica bastante”, agrega Diego.

Para finalizar, descree de la ayuda desinteresada de los de afuera. “Yo nunca conocí ningún busca talentos, ni conocí bandas a mi alrededor que les haya pasado. Hoy es más ‘mandame un disco y te cobro por hacerte la movida todos los meses’ que ‘yo apuesto a vos y nos la jugamos’, como si podía pasar antes”.

El verdadero under
La búsqueda de uno de esos míticos lugares que encierren el verdadero espíritu del circuito musical no comercial arrojó un nombre prometedor: “Bangladesh”. El lugar ostenta el privilegio de ser señalado como el primer lugar –o por lo menos uno de los poquísimos- que le daban un espacio a las bandas emergentes. Nació en el año 1978, en Avenida de mayo 37, Ramos Mejía. Hoy solo quedan los recuerdos.

Su dueño, Sergio Graziosi, dedicó su vida a la música. Notable percusionista devenido en Luthier, su formación musical lo llevó a Cuba y Europa, aunque todavía se enorgullece en rememorar el local que abrió con tan solo 17 años. En su casa, una fortaleza repleta de congas, timbales, bongoes y tambores, nos relata esos años, donde las cosas podían ser “por amor al arte”.

“En esa época no había tantas bandas y no existían tampoco lugares para tocar por acá, ni mucho menos salas de ensayo”, recuerda Sergio, lo cual motivo la génesis de este espacio, en donde además se pasaban películas de Chaplín y se jugaba al ajedrez. Un oasis dentro del ambiente represor de la época.

“Acá debutó Sueter, y era común que toquen los hermanos Ricardo y Omar Moyo, Claudia Puyó, hasta vino Jaime Torres”, enumera. También estaban Claudio “el tano” Marciello (Almafuerte), Pajarito Zaguri (que estaba en “Beatnik”, considerada la primer banda nacional en editar un disco-“rebelde” de 1967-) y otros grandes como Marcos Puccineri, Luís de la tore, Pollo Raffo y Ernesto Demitriuk.

Una verdadera joya es la imagen de una de las entradas de Bangladesh, en donde se promociona un show para un fin de semana y aparece el bajista de mam, Diego Arnedo, rebautizado como “Diego Olmedo”. El mismo papel aclara que la voz cantante de la banda en ese momento la llevaba Omar y no Ricardo Moyo.

Queda claro que en Bangladesh no tocaba cualquiera. Y no se está hablando de dinero. “Primero me tenías que traer un Casette a mi para ver que música hacías, por respeto a los que tocaban ahí y después se arreglaban los detalles”, recuerda Graziosi.

Como contrapartida, a todas las bandas se les realizaba un contrato y se les pagaba por tocar un porcentaje de la venta de entradas. Al contrario de lo que sucede en la actualidad, se encargaba del traslado de los instrumentos y solo tocaban uno o dos artistas por noche. De ninguna manera había que pagar para tocar.

Pero la experiencia duró relativamente poco y tres años después de su inauguración, Bangladesh debió cerrar sus puertas, en cierta medida por el asedio de las fuerzas del orden. Sin embargo, alcanzó para marcar una época y un lugar clave en la historia del rock y para demostrar que las cosas se podían hacer bien. O volver a hacer bien.

“Hoy los músicos tienen que superar la falta de creatividad, no dejarse manosear por los bolicheros y pelear por una ley de radiodifusión que los ampare y proteja la música nacional”, declara Sergio. Esperemos que se lo escuche.